miércoles, 19 de abril de 2017

Escribir por escribir

Escribir por escribir

Facebook se ha convertido en un libro de recetas y consejos, recetas y consejos sobre (con, contra, para, desde, hasta, bajo) el amor, la moda, la salud, la gastronomía, el bricolage e incluso -Por eso este escrito- la creación literaria. Una página te daba un consejo: que según te levantaras escribieras -no importando el que- tres páginas manuscritas. Como yo tengo las manos como las tengo, procuraré escribir un folio con el editor de textos. Elegiré la fuente Times New Roman con un tamaño de 14. Y mientras esto escribo navego por la red intentando averiguar porqué el nombre de la fuente y con que se mide el tamaño. Times New Roman se llama así por el prestigioso diario londinense que en 1930 encargó a dos señores un tipo de letra que se haría famoso. Entonces la fuente tenía otro significado. En tipografía las fuentes tenían un diseño y un tamaño específico, si el diseño era el mismo pero el tamaño no, se trataba de otra fuente, pero eso sí, de la misma familia. En informática se inventó la letra vectorial –de ahí que podamos cambiar tan fácilmente de tamaño y que la letra no se pixele y los distintos tipos de fuentes -en informática- se distinguen tan solo por el diseño. Y en cuanto al tamaño copio y pego. La unidad de medida que se utiliza para los caracteres son los puntos. Un punto (en tipografía) mide, aproximadamente, 0,035 centímetros. Hay 72 puntos en una pulgada (72 ppp); esto es, 28,3 puntos en un cm. Lo normal es usar un tamaño de 10 a 12 puntos para el texto del documento. Los títulos suelen aumentarse un mínimo de 2 puntos. (Ya lo leeré con más calma, que no creas tú que me he enterado de mucho). También decía la web, que se escribiera sin pensar (cosa que he omitido) hasta terminar las tres páginas. Casi que le voy ha hacer caso, porque realmente no se como continuar.

Fíjate tú, el programa de OpenOffice Writer tiene un apartado estadístico donde te informa de la cantidad de páginas, párrafos, palabras y caracteres -entre otras cosas- que contiene el documento activo. Es increible la de herramientas que tiene un programa como este. Antes para elaborar un documento con letras, fotos, gráficos y tablas tenías que sudar la gota gorda. Ahora estás exenta de todo ese trabajo y tan solo te tienes que concentrar en que quede equilibrado y a ser posible bonito. ¡Y la cantidad de programas que existen! Todos igual de efectivos y espectaculares. Un gran avance que también tiene su lado oscuro: Se necesita menos gente para hacer las mismas cosas. Y sin embargo ha pesar de todo esto las cosas no se abaratan -cosas del ser humano proclive a subir los precios en cuanto le sube una materia prima (Un céntimo y sube 20, como en el parchís) y a mantenerlos cuando bajan (ya vi ese efecto perverso cuando cambiamos al euro).
Número de páginas de este documento: 1; Párrafos: 4; Número de palabras : 518; número de caracteres: 2943.

Corto y cierro. ¡Reto conseguido!

martes, 18 de abril de 2017

"Venirse Arriba"

   Se ha puesto de moda la frase “venirse arriba”, Siempre me ha sonado mal. Para que una cosa, una persona, un sentimiento se vaya hacia arriba es necesario que alguien la transporte, que utilice sus piernas o la voluntad.


En “venirse abajo” no es necesario, cae por su propio peso. Cuando una persona se “viene arriba” ha sido transportada por la osadía y se ha gustado tanto que, como un cohete, solo dejará de volar cuando reviente. Pero, arriba no hay nadie, nadie nos espera ni nos ve venir, al contrario que “venirse abajo”. Supongo que alguien tubo un “lapsus” y confundió las direcciones, pero nos hizo gracia y de boca en boca la frase se ha extendido tanto que ahora lo que suena raro es “venirse abajo”.

viernes, 7 de abril de 2017

El Ángel

Comienzo con un ejercicio mandado por el profe. Este consiste en describir un personaje pero sin descripción física.

El Ángel

Cuando llegaba él, la reunión se animaba. Repartía sonrisas como bendiciones papales y antes de sentarse ya tenía su bebida en la mesa. Si la conversación estaba mortecina, la revivía, si atascada, se volvía torrente, si no existía, la creaba. Todos sacaban lo mejor de si mismos cuando él escuchaba. Y cuando hablaba, todos se sentían únicos. Las chicas caían bajo el embrujo de sus palabras, el hechizo de su mirada y su porte de faraón. Las madres le veían como el yerno maravillas, incapaz de un mal gesto, paciente hasta el infinito, amable sin empalago. Y los padres como a a un hijo ideal: varonil y valiente como un héroe antiguo. Todo el mundo veía lo mejor, lo excelso, lo sublime en esa persona única que tuvieron la dicha de conocer. Tenía la habilidad de saber exactamente que decir en cada momento: Nunca sus bromas molestaban, ni un consejo era humillante, ni una pregunta indiscreta y sobre todo, nunca hablaba más que los demás.

Cuando llegaba a casa cansado pero contento y mientras se cambiaba de ropa, se impregnaba del orden minucioso de las estancia, de su limpieza quirúrgica, de la cama sin una sola arruga y con el embozo doblado, exactamente, a 30 centímetros. Después abría la nevera cogiendo el táper correspondiente para esa cena, se aseguró de que los restantes estuvieran perfectamente alineados y la cerró. Colocó el mantel desechable y los cubiertos encima, exactamente, a 5 centímetros del borde. Consiguió, como tantas veces, terminar de comer sin que una sola miga de pan hubiera caído fuera del plato. Recogió, fregó, secó y guardó los utensilios.

Ya estaba preparado para abrir el tabernáculo. Sacó la cajita del armario y abriéndola, acarició morosamente los dos objetos: El mechero de Natalia, un Bic normal azul y el alfiler de oro de Damián. Los miró atentamente y escogiendo el mechero lo escudriñó con una lupa. Cada arañazo lo produjo un golpe, un diente, un hueso. Esa estúpida mujer que hablaba como una niña. Le desapareció la ñoñería con el primer guantazo. No olvidaba sus caras de asombro, al ordenarle que se tragara el encendedor. De rabia y dolor, al golpearla con él -y sobre todo- el terror animal cuando se lo sacó de las entrañas. El primer crimen es como el primer amor, todavía cuando veía un bic, se excitaba. Puso el encendedor de nuevo en la caja -desencantado porque había perdido su virtud- y tomó el alfiler. Recordaba que cuando lo vio brillar, supo que iba ha hacerlo. Damian !Qué fatuo! pensaba que lo tenía subyugado con su don de gentes y el desparpajo de su conversación. ¡No le llegaba ni a la suela de los zapatos! ¡Cuánto disfrutó mientras le hacía tragar el alfiler a fuerza de golpes! No se le ocurría nada gracioso entonces. ¡Cómo le estimuló el horror en sus ojos! ¡La estupefacción al retorcer sus tripas para extraerlo! Se aguijoneó tanto, que antes de sacarlo se vació. Guardó la cajita digustado. Necesitaba otra víctima, otras tripas.

Hacía tiempo que vio la insignia de la universidad de Oxford en la solapa de Alberto, el padre de Elena, a ese “pensador” la imaginación no le alcanzará para ver sus entrañas entre las setas, debajo de los pinos.