Comienzo con un ejercicio mandado por el profe. Este consiste en describir un personaje pero sin descripción física.
El
Ángel
Cuando
llegaba él, la reunión se animaba. Repartía sonrisas como
bendiciones papales y antes de sentarse ya tenía su bebida en la
mesa. Si la conversación estaba mortecina, la revivía, si atascada,
se volvía torrente, si no existía, la creaba. Todos sacaban lo
mejor de si mismos cuando él escuchaba. Y cuando hablaba, todos se
sentían únicos. Las chicas caían bajo el embrujo de sus palabras,
el hechizo de su mirada y su porte de faraón. Las madres le veían
como el yerno maravillas, incapaz de un mal gesto, paciente hasta el
infinito, amable sin empalago. Y los padres como a a un hijo ideal:
varonil y valiente como un héroe antiguo. Todo el mundo veía lo
mejor, lo excelso, lo sublime en esa persona única que tuvieron la
dicha de conocer. Tenía la habilidad de saber exactamente que decir
en cada momento: Nunca sus bromas molestaban, ni un consejo era
humillante, ni una pregunta indiscreta y sobre todo, nunca hablaba más
que los demás.
Cuando llegaba a casa cansado pero contento y mientras se cambiaba de ropa,
se impregnaba del orden minucioso de las estancia, de su limpieza
quirúrgica, de la cama sin una sola arruga y con el embozo doblado,
exactamente, a 30 centímetros. Después abría la nevera cogiendo el
táper correspondiente para esa cena, se aseguró de que los restantes
estuvieran perfectamente alineados y la cerró. Colocó el mantel
desechable y los cubiertos encima, exactamente, a 5 centímetros del
borde. Consiguió, como tantas veces, terminar de comer sin que una
sola miga de pan hubiera caído fuera del plato. Recogió, fregó,
secó y guardó los utensilios.
Ya
estaba preparado para abrir el tabernáculo. Sacó la cajita del
armario y abriéndola, acarició morosamente los dos objetos: El
mechero de Natalia, un Bic normal azul y el alfiler de oro de Damián.
Los miró atentamente y escogiendo el mechero lo escudriñó con una
lupa. Cada arañazo lo produjo un golpe, un diente, un hueso. Esa
estúpida mujer que hablaba como una niña. Le desapareció la
ñoñería con el primer guantazo. No olvidaba sus caras de asombro,
al ordenarle que se tragara el encendedor. De rabia y dolor, al
golpearla con él -y sobre todo- el terror animal cuando se lo sacó
de las entrañas. El primer crimen es como el primer amor, todavía
cuando veía un bic, se excitaba. Puso el encendedor de nuevo en la
caja -desencantado porque había perdido su virtud- y tomó el
alfiler. Recordaba que cuando lo vio brillar, supo que iba ha
hacerlo. Damian !Qué fatuo! pensaba que lo tenía subyugado con su
don de gentes y el desparpajo de su conversación. ¡No le llegaba ni
a la suela de los zapatos! ¡Cuánto disfrutó mientras le hacía
tragar el alfiler a fuerza de golpes! No se le ocurría nada
gracioso entonces. ¡Cómo le estimuló el horror en sus ojos! ¡La
estupefacción al retorcer sus tripas para extraerlo! Se aguijoneó
tanto, que antes de sacarlo se vació. Guardó la cajita digustado.
Necesitaba otra víctima, otras tripas.
Hacía
tiempo que vio la insignia de la universidad de Oxford en la solapa
de Alberto, el padre de Elena, a ese “pensador” la imaginación
no le alcanzará para ver sus entrañas entre las setas, debajo de
los pinos.
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