viernes, 7 de abril de 2017

El Ángel

Comienzo con un ejercicio mandado por el profe. Este consiste en describir un personaje pero sin descripción física.

El Ángel

Cuando llegaba él, la reunión se animaba. Repartía sonrisas como bendiciones papales y antes de sentarse ya tenía su bebida en la mesa. Si la conversación estaba mortecina, la revivía, si atascada, se volvía torrente, si no existía, la creaba. Todos sacaban lo mejor de si mismos cuando él escuchaba. Y cuando hablaba, todos se sentían únicos. Las chicas caían bajo el embrujo de sus palabras, el hechizo de su mirada y su porte de faraón. Las madres le veían como el yerno maravillas, incapaz de un mal gesto, paciente hasta el infinito, amable sin empalago. Y los padres como a a un hijo ideal: varonil y valiente como un héroe antiguo. Todo el mundo veía lo mejor, lo excelso, lo sublime en esa persona única que tuvieron la dicha de conocer. Tenía la habilidad de saber exactamente que decir en cada momento: Nunca sus bromas molestaban, ni un consejo era humillante, ni una pregunta indiscreta y sobre todo, nunca hablaba más que los demás.

Cuando llegaba a casa cansado pero contento y mientras se cambiaba de ropa, se impregnaba del orden minucioso de las estancia, de su limpieza quirúrgica, de la cama sin una sola arruga y con el embozo doblado, exactamente, a 30 centímetros. Después abría la nevera cogiendo el táper correspondiente para esa cena, se aseguró de que los restantes estuvieran perfectamente alineados y la cerró. Colocó el mantel desechable y los cubiertos encima, exactamente, a 5 centímetros del borde. Consiguió, como tantas veces, terminar de comer sin que una sola miga de pan hubiera caído fuera del plato. Recogió, fregó, secó y guardó los utensilios.

Ya estaba preparado para abrir el tabernáculo. Sacó la cajita del armario y abriéndola, acarició morosamente los dos objetos: El mechero de Natalia, un Bic normal azul y el alfiler de oro de Damián. Los miró atentamente y escogiendo el mechero lo escudriñó con una lupa. Cada arañazo lo produjo un golpe, un diente, un hueso. Esa estúpida mujer que hablaba como una niña. Le desapareció la ñoñería con el primer guantazo. No olvidaba sus caras de asombro, al ordenarle que se tragara el encendedor. De rabia y dolor, al golpearla con él -y sobre todo- el terror animal cuando se lo sacó de las entrañas. El primer crimen es como el primer amor, todavía cuando veía un bic, se excitaba. Puso el encendedor de nuevo en la caja -desencantado porque había perdido su virtud- y tomó el alfiler. Recordaba que cuando lo vio brillar, supo que iba ha hacerlo. Damian !Qué fatuo! pensaba que lo tenía subyugado con su don de gentes y el desparpajo de su conversación. ¡No le llegaba ni a la suela de los zapatos! ¡Cuánto disfrutó mientras le hacía tragar el alfiler a fuerza de golpes! No se le ocurría nada gracioso entonces. ¡Cómo le estimuló el horror en sus ojos! ¡La estupefacción al retorcer sus tripas para extraerlo! Se aguijoneó tanto, que antes de sacarlo se vació. Guardó la cajita digustado. Necesitaba otra víctima, otras tripas.

Hacía tiempo que vio la insignia de la universidad de Oxford en la solapa de Alberto, el padre de Elena, a ese “pensador” la imaginación no le alcanzará para ver sus entrañas entre las setas, debajo de los pinos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario